Sembrando semillas del Muntú (parte 1)

by | Jul 12, 2020 | Afro-descendants, Colombia, Literature | 0 comments

Sembrando semillas del Muntú para descifrar mi alfabeto de mujer raíz (parte 1)

Por Ashanti Dinah (Activista, Poeta, Maestra, Investigadora)

Junto con la definición social de que las personas negras “son criminales, inmorales y sucias”, como cualquier mujer negra de Nuestra América fui educada en una sociedad patriarcal, autoritaria, clasista, sexista, racista. Durante mi niñez crecí con frases racistas como: “Tiene rasgos finos que no parece tan negra”, “Es negra, pero bonita”, “¿Es negra y no sabe bailar?”, “Trabajando como negro para vivir como blanco”, “Mi jefe es un negrero”, “Sonríe para que te vean de noche”, “Las negras son más calientes”, “Los negros la tienen más larga”, “Cásate con un blanco para mejorar la raza”, entre otras. Crecí con los imaginarios de que los negros sólo son buenos para los deportes y la música, que entre nosotros mismos nos auto-discriminamos, que no logramos llegar a puestos de poder porque no tenemos las competencias o porque no queremos. Y a pesar de la danza ancestral de mis crespos, a pesar de su floresta tupida de baobab, me enseñaron a ocultarlos por preferir lo lacio.

Con el devenir del tiempo cuando me incliné por las humanidades durante mis estudios de Licenciatura en Ciencias de la Educación en la Universidad del Atlántico, y comencé a militar en la Organización Angela Davis de Barranquilla, fui combatiendo este sinnúmero de estereotipos y prejuicios racistas justificados por las élites al servicio de los sistemas de explotación y dominación sustratos del capitalismo, patriarcado, racismo, imperialismo al darme cuenta que los grandes clásicos de la literatura universal no eran universales y unívocos, y que en mis cinco años de pregrado no leí ni una sola obra escrita por una mujer negra o si quiera un libro en el cual la mujer negra hay sido la protagonista de la historia.

Una vez finalicé mi pregrado y obtuve la beca en el 2005 para realizar la Maestría en Literatura Hispanoamericana en Instituto Caro y Cuervo de Bogotá (ICC), me convertí en una de las pocas mujeres negras catedráticas en las universidades donde laboré. Decididamente consagrada a las causas de la gente negra, he sido una maestra sobresaliente como lo expresan mis estudiantes. Como docente de la Licenciatura en Pedagogía Infantil de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas en Bogotá, intenté contrarrestar el racismo institucional y el mito occidental de las reglas del arte a través de proyectos de literatura afro para la implementación de la Cátedra de Estudios Afrocolombiano en el currículo académico de la Educación Superior y la Educación Inicial.

Mediante pedagogías dialógicas, interculturales y descoloniales, y partiendo partí de la base de que “educar es un acto político”, como lo señala Paulo Freire desde la pedagogía crítica, emergieron trabajos de investigación que asesoré, entre los que se destacan:

  • La auto-identificación y el reconocimiento de las niñas y los niños afrocolombianos concebidos desde las dinámicas de aula
    Cucurrumbé: portal con experiencias pedagógicas como aporte a la Cátedra de Estudios Afrocolombianos 
  • Cantar el yambó al son que se toca el yambambé: Creación de canciones e instrumentos musicales africanos para primera infancia 
  • Creación de títeres afrocolombianos: propuesta pedagógica para la implementación de la CEA con niños y niñas de primera infancia
  • Creación de muñecas negras: una propuesta para la implementación de la Cátedra de Estudios Afrocolombianos en primera infancia
  • Utambulisho Wangu (mi identidad): La creación del libro álbum para el fortalecimiento de la identidad afrocolombiana, a partir de las representaciones culturales en el aula
  • Sintiéndonos afro: creación de un libro-objeto diferencial para el reconocimiento del cuerpo infantil y de la cultura afrocolombiana a partir de experiencias sensibles
  • Un Mendé para un Bongó y un Balele: Juego coreográfico con instrumentos musicales y danza del Pacífico Norte Colombiano (Chocó) para la sensibilización corporal y musical de primeros infantes
  • Cantiré: Cantando y sintiendo el Pacífico colombiano a partir de la construcción de un canti-cuento para primeros infantes
  • Tejiendo las voces de la literatura Raizal en la primera infancia a través de los cuentos de tradición oral con Breda, la araña Ananse
  • Ma Gende Suto Ri Palengue. Construcción de libros instrumentalizados de la cultura musical afropalenquera con primeros infantes
  • Orisha-Lucumí: los saberes espirituales de la comunidad Yoruba en el cuidado ambiental por medio de la narración oral y títeres para primeros infantes
  • Trenzando historias de libertad: Creación de un libro-álbum tejido con enfoque diferencial para la primera infancia.

Debido a estos largos años de dedicación como maestra etnoeducadora, la Alcaldía Mayor de Bogotá a través del Instituto Distrital de la Participación y Acción Comunal – IDPAC-, y en el marco de la Conmemoración del día Nacional de la Afrocolombianidad, me hizo entrega el 21 de mayo de 2016 del prestigioso Premio “Benkos Biohó” para valorar, exaltar y reconocer los aportes y contribuciones como lideresa en beneficio de la comunidad afrocolombiana, desde el campo de la cultura. Además de recibir un Premio-Reconocimiento a mi trayectoria de vida como mujer activista, el 25 de julio de 2019, en el marco de la Conmemoración del “Día Internacional de la Mujer Afrolatina, Afrocaribeña y de la Diáspora”, otorgado por el Movimiento Social de Mujeres Negras de Bogotá, la Secretaría Distrital de la Mujer (SDMujer), la Dirección de enfoque Diferencial y la Subdirección de Asuntos Étnicos de Bogotá.

Justamente hace un par de años, por esas sinergias simbólicas que quedan signadas en la envoltura del óvulo palpitante de la vida (que suelen llamar “destino”), ante un público atento, conversaba que era apenas una adolecente cuando me cuestioné, por primera vez, por qué no veía representación de personas negras en los juguetes, en los libros, en la televisión, en el sistema educativo o en cargos ejecutivos. Hasta el punto en que recuerdo haberme preguntado ¿Por qué no conocía mujeres afrodescendientes en la contemporaneidad que escribieran, publicaran y se les rememora en el acervo literario latinoamericano y caribeño?
¿Cuántas de ellas consiguieron un reconocimiento literario en sus países? Y a modo de flashback reflexionaba ¿Por qué si me había esforzado tanto en la escuela, en la universidad, en la maestría, seguía siendo tan invisible como si no existiera? ¿Por qué siempre tenía que “pelear con las uñas” mis posturas políticas y estéticas?

En aquél espacio señalaba cómo por más de cuatro siglos, nuestras ancestras fueron maceradas y acalladas precisamente para que tanto ellas, como nosotras, las Renacientes, las supervivientes, no tuviéramos voz. Nuestro delito: fue haber soñado un cuerpo.

Aún es un reto superar las condiciones de un alto porcentaje de personas negras / afrocolombianas, no sólo debido al trauma del desarraigo, la ruda transplantación del movimiento migratorio, del viaje -del no retorno-, sino también por la guerra, el conflicto armado, la usurpación de tierras, el desplazamiento forzado, el desempleo, bajos niveles de ingresos y escolarización, falta de acceso a la educación, a oportunidades laborales y a servicios básicos, así como de acceso a información y nuevas tecnologías. Estas necesidades básicas insatisfechas atraviesan en forma de profunda crisis humanitaria la vida de las personas negras, y en específico, de líderes y lideresas sociales. En “surcos de dolores,” no hay “júbilo inmortal”; aún para los negros no cesa “la horrible noche.” [Nota del editor: se hace referencia a la letra del himno nacional de Colombia.]

Como secuela, esta geopolítica de los modos de ver ha colonizado también el arte, imponiéndose una estrategia de borradura, retomando la sociología de las ausencias propuesta por Boaventura de Sousa Santos (2009). Infelizmente ha primado la omisión o la complicidad silenciosa y sistemática de escritores / as y de estudiosos / as de la literatura, quienes recurren a una serie de prácticas discursivas para minimizar, banalizar, enmascarar, soslayar o descalificar el problema del racismo antinegro, y eximir de responsabilidad a sus autores favoritos. En su mayoría, estas aproximaciones teóricas parten del supuesto de que los textos literarios y los textos escolares son objetos asépticos y conciben al lector como ente abstracto. Con esta miopía, estos libros son propuestos en las escuelas para que las y los docentes enseñen a leer, escribir e interpretar a niñas, niños y jóvenes.

Si definimos la lectura, la literatura y la escritura como prácticas cognitivas, socio-culturales, políticas y estético-ética que se desarrollan mediante sentidos, intenciones, funciones, con efectos psicológicos, emotivos, socializantes, participativos, lúdicos y creativos en el lector, estas obras inculcan valores y actitudes prejuiciosas sobre “los otros / as”. Con su pedagogía higienista justifican la injusticia y naturalizan la violencia simbólica y el racismo epistémico que sufren las comunidades subalternizadas. Cabe recordar, que desde la década de los años 70s, ni la colección de Manuales Escolares del Fondo Documental del Museo Pedagógico Colombiano ni la cartilla de “Nacho lee”, nos cuenta, nos escribe o nos lee como afrodescendientes.

En este contexto, agentes socializadores como la familia, la religión, la escuela y principalmente los medios de comunicación, a través de sus discursos y representaciones han contribuido significativamente a la construcción, legitimación y sedimentación en el imaginario social de prejuicios y estereotipos de criminalización de la racialidad que infesta y corroe la dinámica cotidiana de la sociedad. Como bien afirma Teun Van Dijk en su ensayo “El discurso y la reproducción del racismo” en las noticias, con frecuencia a la población afronorteamericana “se los describe como gente que tiene problemas, por ejemplo, de vivienda, educación, empleo, o seguridad social (y que, por lo tanto, necesita ayuda extra) o que causa problemas cuando protesta o hace manifestaciones”.

Sólo basta con revisar el estado del arte de la literatura hispanoamericana y los textos publicitarios y encontraremos, ya sea indiferencia, distancia, rechazo hacia estas comunidades otrificadas en el mapa identitario.

Para reconocidos escritores como Lope de Rueda, Luis Góngora y Argote, Francisco de Quevedo, Sor Juana Inés de la Cruz y el célebre autor anónimo de La vida del Lazarillo de Tormes, con el personaje de Zaide, del Siglo de Oro de la literatura española (el Renacimiento y el Barroco de la Modernidad Temprana, en términos de Enrique Dussel), África era un lugar simbólico, un paraíso, a la vez que una selva y un abismo, llena de peligros y de paganos salvajes, futuros “esclavos”. Así África no sólo fue un territorio de habitantes imaginados, sino una geografía cultural imaginada e imprecisa para los autores españoles, quienes sacaron estereotipos que repetían hasta la saciedad. Libia y sus ardientes arenas; Etiopía la tierra de los negros; el río Nilo y sus orígenes en los montes de la Luna; Guinea, tierra de animales feroces y seres humanos monstruosos, como los pigmeos, los cinocéfalos u hombres de cabeza de perro; otros con cara plana, o gente con un solo agujero en la cara, que comían con una paja; otros que no tenían lengua. En esta literatura emblemática, por ejemplo, glosa abundantemente el concepto del color negro de la piel como algo raro, y al tiempo, imperfecto. En Don Quijote de la Mancha, para Sancho Panza África o Guinea era un almacén de esclavos (Cap. 31). Por su parte, Quevedo en “Boda de negros” habla de una “tenebrosa boda, / porque era toda de negros” (cit. en Mansour, 1973: 43).

Por ejemplo: las mujeres negras y mulatas son impuras, despreciables, astutas, hábiles; fungen como cocineras, como prostitutas asociadas a las yeguas o las potrancas o como brujas supersticiosas, caníbales, falsas, despiadadas que clasifican perfectamente en el tratado del Malleus MaleficarumEl martillo de las brujas” (1486) de los dominicos Kramer y Sprenger, para ser ejecutadas en La Inquisición, por sus posesiones y supuestos pactos malignos con Satán. Desde una lectura “otramente” hipersexualizada-erotizada están asociadas con frecuencia al mito edénico de la serpiente. En estas narraciones, la danza frenética y obscena y la contorsión de las nalgas desmesuradas de esteatopigia (grasa en los glúteos) es un signo negativo y degenerativo, que tiñe de ribetes negativos a la mujer negra.

Por su parte, el “falo descomunal” de los hombres negros se ajusta perfectamente a la alta temperatura sexual de los caballos, a la poligamia y al anhelo de violar a una mujer blanca. Su “animalidad” encaja en una imagen de gracioso, infantil, de aspecto feliz, dependiente, irresponsable, confiado, cobarde, impuntual, perezoso, mentiroso, codicioso, vacío, desagradecido, sin modales, ladrón, ignorante por ser bozal. Por tanto, los oficios manuales o intelectuales que desempeña como sirviente, militar de bajo rango, chofer, asesino a sueldo son de menor jerarquía en contraste con los personajes blancos o mestizos quienes además de encarnar cualidades de bondad, inteligencia, liderazgo, emprendimiento y ser garantes de la vanguardia y el desarrollo, tienen delineado su ocupación profesional: son ingenieros, médicos, empresarios, estudiantes universitarios, militares de alto rango y religiosos.

En mi tesis de Maestría titulada: “Hacia una aproximación Sociocrítica: el sujeto afro- Caribe frente a la modernidad colombiana en la obra de Gabriel García Márquez” (2009) centrada en el análisis de los personajes afro-caribes de este escritor del Caribe colombiano y Premio Nobel de Literatura, las estigmatizaciones, explícitas y visibles, evidencian el señalamiento de “anormalidades” sociales que patologizan, criminalizan o condenan moral o estéticamente al sujeto afro-descendiente.

Tanto en “Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles” (1951), El Coronel no tiene quien le escriba (1961), En este pueblo no hay ladrones (1962), La mala hora (1962), Cien años de soledad (1967), El amor en los tiempos del cólera (1985), El general en su laberinto (1989) y Del amor y otros demonios (1994) se registran tipologías de personajes masculinos con casos de “doble conciencia” (W. E. B. Du Bois), piel negra, máscara blanca (Fanon), alienación, cosificación mental, arquetipo del negro domesticado, condición de destierro, desarticulación y desmembración cultural; así como estado de miseria, marginalidad, apatía e ignorancia de las circunstancias sociales que lo rodea. En cuanto a los personajes femeninos, tanto la mujer negra como la mulata, cumplen roles de servidumbre; están asociadas al exotismo, la sensualidad, concubinato, libertinaje y prostitución. Tampoco escapa el tema o locus terribilis de la “brujería” o la “hechicería”.

Nigromanta, un personaje de menor cuantía en la novela Cien años de soledad es una joven prostituta afro-anglocaribeña que inicia al último de los Aurelianos en los placeres del sexo. Por el hecho de ser negra, que es su valor étnico y ético, su norma ética de acuerdo con Hamon, plantea negatividad porque rompe con los códigos sociales civiles al presentar alteraciones en la conducta, antivalores femeninos repudiables por la sociedad occidental machista tradicional, como su cierta “ligereza” con los hombres. Ella es bisnieta del negro antillano más viejo que quedaba vivo en los tiempos en que Aureliano Babilonia comenzó a recorrer el pueblo, luego de la muerte de José Arcadio. El narrador de la novela se detiene en detalles para describir su fisonomía de matrona agreste y de figura pesada:

Aureliano […] a veces compartía el caldo de cabezas de gallo que preparaba la bisnieta, una negra grande, de huesos sólidos, caderas de yegua y tetas de melones vivos, y una cabeza redonda, perfecta, acorazada por un duro capacete de pelos de alambre, que parecía el almófar de un guerrero medieval. Se llamaba Nigromanta […] se encontraba a Nigromanta bajo los oscuros almendros de la plaza, cautivando con sus silbos de animal montuno a los escasos trasnochadores […] Nigromanta lo llevó a su cuarto alumbrado con veladoras de superchería, a su cama de tijeras con el lienzo percudido de malos amores, y su cuerpo de perra brava, empedernida, desalmada […] Se hicieron amantes. Aureliano ocupaba la mañana en descifrar pergaminos, y a la hora de la siesta iba al dormitorio soporífero donde Nigromanta lo esperaba para enseñarle a hacer primero como las lombrices, luego como los caracoles y por último como los cangrejos, hasta que tenía que abandonarlo para acechar amores extraviados […] Era la primera vez que Nigromanta tenía un hombre fijo, un machucante de planta, como ella misma decía muerta de risa, y hasta empezaba a hacerse ilusiones de corazón cuando Aureliano le confió su pasión reprimida por Amaranta Úrsula […] Entonces Nigromanta siguió recibiéndolo con el mismo calor de siempre, pero le hizo pagar los servicios con tanto rigor, que cuando Aureliano no tenía dinero se los cargaba en la cuenta que no llevaba con números sino con rayitas que iba trazando con la uña del pulgar detrás de la puerta […] (323-324).

Claramente hay una intención de aludir a un proceso de deshumanización, al lado instintivo y natural de la mujer negra. La idea es atribuirle una identidad única y salvaje, a partir de su apariencia física. Este símbolo, un tanto legendario de lo negro tiene como leitmotiv su “anomalía”, su distorsión. Interesante observar que en la descripción de la escena se repitan varias veces las lexías, unidades léxicas que derivan de los campos semánticos o conjunto de palabras con significados relacionados de la palabra “animal” (silbos de animal nocturno, perra brava, enseñarle a hacer como las lombrices, como los caracoles y como los cangrejos); de la palabra “brujería” (cuarto alumbrado con veladoras de superchería, cama de tijeras , soporífero) o de la palabra “prostituta” (lienzo percudido de malos amores, cuerpo de perra brava, empedernida, desalmada, acechar amores extraviados, machucante de planta, calor).

Aquí la idea de “raza” opera como construcción social de predilección y aspiración por lo blanco, en detrimento de lo no blanco. En consecuencia, los autores, las autoras y sus estéticas privilegiadas son aquellas que materializan la visión del mundo y el sistema de valores de estas oligarquías mestizas eurofílicas y negrofóbicas.

Fuentes citadas

De Sousa Santos, Boaventura. 2009. Una epistemología del Sur. La reinvención del conocimiento y la emancipación social. México: CLACSO/ Siglo XXI.
García Márquez, Gabriel. 1970. Cien años de soledad. Barcelona: Círculo de Lectores.
Mansour, Mónica. 1973. La poesía negrista. México: ERA.
Orozco Herrera, Dinah, 2009. Hacia una aproximación Sociocrítica: el sujeto afro- Caribe frente a la modernidad colombiana en la obra de Gabriel García Márquez. Tesis de Maestría. Bogotá, Instituto Caro y Cuervo.
van Dijk, Teun A. 1988. El discurso y la reproducción del racismo. Lenguaje en contexto (Universidad de Buenos Aires), 1(1-2): 131-180.

(Continuará…)

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